A las ocho de la mañana entro a la terminal de tres cruces. Me dirijo a la zona subterránea dónde se entregan las encomiendas. Es una pequeña calle por debajo de la terminal. A mi izquierda se encuentran, una pegada a la otra, las oficinas de las distintas agencias de autobuses. Los grandes carteles dan color al lugar. Empresas como Corporación y Agencia Central iluminan y dan vida a este túnel.
En ese pequeño mundo subterráneo todo es más intenso. Los ruidos y olores te envuelven rápidamente. Los autos y taxis que entran llenan el lugar de sonidos a motores y bocinas. Los carritos repletos de paquetes desfilan entre las personas. El ruido de sus rueditas por el piso me hace acordar a cuando iba a la escuela y estaba de moda las mochilas con carritos. Las monedas no se quedan atrás. Hacen notar su presencia cada vez que alguien paga por un envío. Mientras tanto las impresoras anuncian que un nuevo recibo se ha hecho.
Los empleados pasan con velocidad por mi lado. Algunos llevan en sus brazos cajas muy pesadas. Las caras demuestran el esfuerzo que están haciendo. Otros las arrastran por el piso como si lo estuvieran puliendo con un trapo. Los trabajadores que se encuentran dentro de las oficinas buscan entre las pilas de cajas en cuartos angostos pero anchos. Son habitaciones grandes aunque parece lo contrario por la cantidad de estantes que hay.
La fila de gente impaciente esperando a que les entreguen sus paquetes. Son alrededor de 20 personas. Se apoyan en un pie y luego en el otro para cambiar el peso de su cuerpo y alivianar la espera. Los que están atendidos firman el conformante y desaparecen con sus paquetes. Una madre hace malabares con su hijo en un brazo y en el otro una caja que recién ha obtenido.
Nunca dejan de entrar y salir autos. Una camioneta se detiene en frente a mí y sus integrantes se bajan con rapidez. Comienzan a bajar las cajas y tirarlas al suelo. En cuestiones de minutos se puede apreciar una torre de cajas de todos los tamaños.
El guardia de seguridad se pasea por el corredor. Se lo ve venir de lejos por su chaleco amarillo. En esta mañana centró su atención en una persona. Una extraña joven que camina de un lado al otro con una libretita y escribiendo cosas. Me mira con expresión inquisidora y me hace sentir que no soy bienvenida.
El olor a nafta se cuela por la nariz causando una sensación de mareo. Cada minuto que pasa la incomodidad es mayor. De vez en cuando se puede apreciar el perfume de una persona que transita por ahí. El sonido de los extractores de ventilación taladra poco a poco mis oídos. No puedo esperar el momento en que me vaya de ahí.
Para los fanáticos del cine, de la música y del anime. Reportajes, noticias interesantes y algunas opiniones personales para compartir.
jueves, 25 de marzo de 2010
martes, 23 de marzo de 2010
Una experiencia que no podía dejar pasar
Melisa Lescano es una chica de 21 años. Cuando terminó el liceo decidió tomarse un año libre y terminar el curso de inglés que había empezado el año anterior. Con tan sólo 17 años se le presentó la oportunidad de dar clases de inglés y se despidió de la idea de un año sabático.
¿Cómo surgió la idea de dar clases de inglés?
Estaba preparando el First Certificate in English (FCE) y un día la profesora me pidió que me quedara después de clases. Me preguntó si me interesaría trabajar en un jardín dando clases a niños de tres y cuatro años. Le dije que sí, me dio la dirección y me presenté a la entrevista. Había dos chicas además de mí pero al otro día me llamaron para decirme que había conseguido el trabajo. Esa misma semana la profesora nuevamente me pide que me quede a hablar y pensé que era para preguntarme como me había ido. No, tenía otro trabajo para mí. Esta vez en un colegio privado para darles a los chicos de primero y segundo año de escuela. Esa misma tarde fui al colegio, hable con la directora y me contrató en el momento.
¿Influyó en algún momento ser tan joven?
Sí, por supuesto. Por un lado me jugó a favor. Los niños se sentían muy cómodos conmigo y me veían un poco como a una hermana mayor. Fue fácil conseguir que se abrieran conmigo. Esto fue importante sobre todo con los chicos del jardín que algunos eran muy tímidos. Sin embargo, en ningún momento intentaron usar esa cercanía de forma negativa. Por otro lado, se me hizo difícil conseguir el respeto de los adultos. Algunas maestras, y en especial la directora de la escuela, se olvidaban que yo iba a enseñar al igual que ellas y que no iba a jugar. Un día la directora me ordenó que le tradujera un manual que tenía en inglés porque no lo entendía. Vale aclarar que no me lo pidió como un favor. En el colegió se sintió la diferencia de edad y no me hicieron las cosas muy fáciles.
¿Era algo que siempre te gustó o sólo aceptaste porque se te presentó la oportunidad?
Creo que en algún momento de la niñez, todas jugamos a ser maestras. En mi caso conviví toda mi vida con la profesión. Mis padres son profesores particulares y pasaba el día entero en la clase de mi madre. Siempre me pareció interesante y me encantaba ayudar a mi madre en lo que pudiera. Muchas veces me dejaba explicar algunas cosas sencillas de inglés a los alumnos y la sensación de que me escucharan y me entendiera me parecía hermosa.
¿Cuál fue la mayor diferencia entre trabajar en el colegio y en el jardín?
En todo era muy distinto. En primer lugar porque las edades eran diferentes. No es lo mismo trabajar con niños de tres y cuatro años que con niños que tienen más de seis. Las metodologías son distintas. En el jardín tenía que cambiar de actividad cada 10 o 15 minutos porque si no se aburrían. En ambos usaba canciones y juegos pero la complejidad variaba. Además de que es más fácil explicarles a los niños de la escuela. Por ejemplo, en la escuela saben que el rojo es el color de la manzana. En el jardín recién están aprendiendo los colores. En segundo lugar, que es la diferencia más grande, es el ambiente de trabajo. En el jardín trabajaba a la par con las maestras y las dueñas. Éramos como una familia. Además de que me tenían un poco consentida porque de mañana me esperaban con el café y de tarde con el té. En la escuela era todo más jerárquico y rígido.
¿Qué es lo más importante al momento de dar clases?
La preparación de las clases es fundamental. Determina el fracaso o la victoria del día. Aunque más importante aún es tener en cuenta el nivel de la clase para llevar los materiales adecuados. También es esencial conocer a cada alumno y saber qué hacer con aquellos que aprenden con mucha rapidez y los que no. Yo llevaba dibujos para colorear y se los daba a los alumnos que terminaban demasiado rápido una tarea. Hay que recordar que son niños y se aburren si no están haciendo nada. Nunca hay que olvidarse de ese “plan de emergencia”.
¿Qué es lo que más te gustó de esa experiencia?
Soy la menor de la familia y nunca tuve contacto directo con niños. Mi trabajo me enseñó mucho sobre la realidad que viven. Me gustaba verlos jugar porque la inocencia que tienen es algo que perdemos a lo largo de la vida. Aprendí muchísimo como profesora pero también como persona. Aunque debo reconocer, con un poco de vergüenza, que lo que más me gustaba era cruzármelos en la calle y escuchar sus vocecitas diciéndome “Hola teacher”.
Para terminar, alguna anécdota divertida
La segunda semana de clases en el colegio un alumno, que siempre terminaba antes que los demás, empezó a molestar a sus compañeros. Como dije antes, al no tener nada que hacer se aburren. En ese momento todavía no había aprendido que tenía que llevar material extra para que esas cosas no pasaran entonces le dije que se sentara. A los minutos estaba parado de nuevo y molestando. Le pedí de nuevo que se sentara y su respuesta fue “siéntate vos, gorda”. Lo peor de todo fue que la maestra, que tiene que estar supervisando, se rió con el comentario. Fue la única vez que un alumno me faltó el respeto pero no me enoje con él. Le expliqué que no podía estar parado y hablando con sus compañeros porque ellos no habían terminado. Arranque una hoja de mi cuadernola y se la di para que dibujara. Al final de la clase el niño me regaló el dibujo y me pidió perdón. Por supuesto, hable con la maestra y le expresé mi disconformidad con su actitud. No quedamos del todo bien pero pudimos trabajar sin problemas el resto del año.
¿Cómo surgió la idea de dar clases de inglés?
Estaba preparando el First Certificate in English (FCE) y un día la profesora me pidió que me quedara después de clases. Me preguntó si me interesaría trabajar en un jardín dando clases a niños de tres y cuatro años. Le dije que sí, me dio la dirección y me presenté a la entrevista. Había dos chicas además de mí pero al otro día me llamaron para decirme que había conseguido el trabajo. Esa misma semana la profesora nuevamente me pide que me quede a hablar y pensé que era para preguntarme como me había ido. No, tenía otro trabajo para mí. Esta vez en un colegio privado para darles a los chicos de primero y segundo año de escuela. Esa misma tarde fui al colegio, hable con la directora y me contrató en el momento.
¿Influyó en algún momento ser tan joven?
Sí, por supuesto. Por un lado me jugó a favor. Los niños se sentían muy cómodos conmigo y me veían un poco como a una hermana mayor. Fue fácil conseguir que se abrieran conmigo. Esto fue importante sobre todo con los chicos del jardín que algunos eran muy tímidos. Sin embargo, en ningún momento intentaron usar esa cercanía de forma negativa. Por otro lado, se me hizo difícil conseguir el respeto de los adultos. Algunas maestras, y en especial la directora de la escuela, se olvidaban que yo iba a enseñar al igual que ellas y que no iba a jugar. Un día la directora me ordenó que le tradujera un manual que tenía en inglés porque no lo entendía. Vale aclarar que no me lo pidió como un favor. En el colegió se sintió la diferencia de edad y no me hicieron las cosas muy fáciles.
¿Era algo que siempre te gustó o sólo aceptaste porque se te presentó la oportunidad?
Creo que en algún momento de la niñez, todas jugamos a ser maestras. En mi caso conviví toda mi vida con la profesión. Mis padres son profesores particulares y pasaba el día entero en la clase de mi madre. Siempre me pareció interesante y me encantaba ayudar a mi madre en lo que pudiera. Muchas veces me dejaba explicar algunas cosas sencillas de inglés a los alumnos y la sensación de que me escucharan y me entendiera me parecía hermosa.
¿Cuál fue la mayor diferencia entre trabajar en el colegio y en el jardín?
En todo era muy distinto. En primer lugar porque las edades eran diferentes. No es lo mismo trabajar con niños de tres y cuatro años que con niños que tienen más de seis. Las metodologías son distintas. En el jardín tenía que cambiar de actividad cada 10 o 15 minutos porque si no se aburrían. En ambos usaba canciones y juegos pero la complejidad variaba. Además de que es más fácil explicarles a los niños de la escuela. Por ejemplo, en la escuela saben que el rojo es el color de la manzana. En el jardín recién están aprendiendo los colores. En segundo lugar, que es la diferencia más grande, es el ambiente de trabajo. En el jardín trabajaba a la par con las maestras y las dueñas. Éramos como una familia. Además de que me tenían un poco consentida porque de mañana me esperaban con el café y de tarde con el té. En la escuela era todo más jerárquico y rígido.
¿Qué es lo más importante al momento de dar clases?
La preparación de las clases es fundamental. Determina el fracaso o la victoria del día. Aunque más importante aún es tener en cuenta el nivel de la clase para llevar los materiales adecuados. También es esencial conocer a cada alumno y saber qué hacer con aquellos que aprenden con mucha rapidez y los que no. Yo llevaba dibujos para colorear y se los daba a los alumnos que terminaban demasiado rápido una tarea. Hay que recordar que son niños y se aburren si no están haciendo nada. Nunca hay que olvidarse de ese “plan de emergencia”.
¿Qué es lo que más te gustó de esa experiencia?
Soy la menor de la familia y nunca tuve contacto directo con niños. Mi trabajo me enseñó mucho sobre la realidad que viven. Me gustaba verlos jugar porque la inocencia que tienen es algo que perdemos a lo largo de la vida. Aprendí muchísimo como profesora pero también como persona. Aunque debo reconocer, con un poco de vergüenza, que lo que más me gustaba era cruzármelos en la calle y escuchar sus vocecitas diciéndome “Hola teacher”.
Para terminar, alguna anécdota divertida
La segunda semana de clases en el colegio un alumno, que siempre terminaba antes que los demás, empezó a molestar a sus compañeros. Como dije antes, al no tener nada que hacer se aburren. En ese momento todavía no había aprendido que tenía que llevar material extra para que esas cosas no pasaran entonces le dije que se sentara. A los minutos estaba parado de nuevo y molestando. Le pedí de nuevo que se sentara y su respuesta fue “siéntate vos, gorda”. Lo peor de todo fue que la maestra, que tiene que estar supervisando, se rió con el comentario. Fue la única vez que un alumno me faltó el respeto pero no me enoje con él. Le expliqué que no podía estar parado y hablando con sus compañeros porque ellos no habían terminado. Arranque una hoja de mi cuadernola y se la di para que dibujara. Al final de la clase el niño me regaló el dibujo y me pidió perdón. Por supuesto, hable con la maestra y le expresé mi disconformidad con su actitud. No quedamos del todo bien pero pudimos trabajar sin problemas el resto del año.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Negociación de un secuestro
Elegí este reportaje porque me pareció muy completo. La información es variada, no sólo se centra en el secuestro sino que explica la negociación por medio de un personaje y un manual. La estructura es dínamica, lo que hace que sea un texto fácil de leer y entender sin aburrirse. Es un reportaje muy interesante y atrapante. Además de que es una actualización de un reportaje anterior.
La vida de Alicia en manos del juez del desierto
La vida de Alicia en manos del juez del desierto
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