jueves, 25 de marzo de 2010

El circo de las encomiendas

A las ocho de la mañana entro a la terminal de tres cruces. Me dirijo a la zona subterránea dónde se entregan las encomiendas. Es una pequeña calle por debajo de la terminal. A mi izquierda se encuentran, una pegada a la otra, las oficinas de las distintas agencias de autobuses. Los grandes carteles dan color al lugar. Empresas como Corporación y Agencia Central iluminan y dan vida a este túnel.

En ese pequeño mundo subterráneo todo es más intenso. Los ruidos y olores te envuelven rápidamente. Los autos y taxis que entran llenan el lugar de sonidos a motores y bocinas. Los carritos repletos de paquetes desfilan entre las personas. El ruido de sus rueditas por el piso me hace acordar a cuando iba a la escuela y estaba de moda las mochilas con carritos. Las monedas no se quedan atrás. Hacen notar su presencia cada vez que alguien paga por un envío. Mientras tanto las impresoras anuncian que un nuevo recibo se ha hecho.

Los empleados pasan con velocidad por mi lado. Algunos llevan en sus brazos cajas muy pesadas. Las caras demuestran el esfuerzo que están haciendo. Otros las arrastran por el piso como si lo estuvieran puliendo con un trapo. Los trabajadores que se encuentran dentro de las oficinas buscan entre las pilas de cajas en cuartos angostos pero anchos. Son habitaciones grandes aunque parece lo contrario por la cantidad de estantes que hay.

La fila de gente impaciente esperando a que les entreguen sus paquetes. Son alrededor de 20 personas. Se apoyan en un pie y luego en el otro para cambiar el peso de su cuerpo y alivianar la espera. Los que están atendidos firman el conformante y desaparecen con sus paquetes. Una madre hace malabares con su hijo en un brazo y en el otro una caja que recién ha obtenido.

Nunca dejan de entrar y salir autos. Una camioneta se detiene en frente a mí y sus integrantes se bajan con rapidez. Comienzan a bajar las cajas y tirarlas al suelo. En cuestiones de minutos se puede apreciar una torre de cajas de todos los tamaños.
El guardia de seguridad se pasea por el corredor. Se lo ve venir de lejos por su chaleco amarillo. En esta mañana centró su atención en una persona. Una extraña joven que camina de un lado al otro con una libretita y escribiendo cosas. Me mira con expresión inquisidora y me hace sentir que no soy bienvenida.

El olor a nafta se cuela por la nariz causando una sensación de mareo. Cada minuto que pasa la incomodidad es mayor. De vez en cuando se puede apreciar el perfume de una persona que transita por ahí. El sonido de los extractores de ventilación taladra poco a poco mis oídos. No puedo esperar el momento en que me vaya de ahí.

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