Melisa Lescano es una chica de 21 años. Cuando terminó el liceo decidió tomarse un año libre y terminar el curso de inglés que había empezado el año anterior. Con tan sólo 17 años se le presentó la oportunidad de dar clases de inglés y se despidió de la idea de un año sabático.
¿Cómo surgió la idea de dar clases de inglés?
Estaba preparando el First Certificate in English (FCE) y un día la profesora me pidió que me quedara después de clases. Me preguntó si me interesaría trabajar en un jardín dando clases a niños de tres y cuatro años. Le dije que sí, me dio la dirección y me presenté a la entrevista. Había dos chicas además de mí pero al otro día me llamaron para decirme que había conseguido el trabajo. Esa misma semana la profesora nuevamente me pide que me quede a hablar y pensé que era para preguntarme como me había ido. No, tenía otro trabajo para mí. Esta vez en un colegio privado para darles a los chicos de primero y segundo año de escuela. Esa misma tarde fui al colegio, hable con la directora y me contrató en el momento.
¿Influyó en algún momento ser tan joven?
Sí, por supuesto. Por un lado me jugó a favor. Los niños se sentían muy cómodos conmigo y me veían un poco como a una hermana mayor. Fue fácil conseguir que se abrieran conmigo. Esto fue importante sobre todo con los chicos del jardín que algunos eran muy tímidos. Sin embargo, en ningún momento intentaron usar esa cercanía de forma negativa. Por otro lado, se me hizo difícil conseguir el respeto de los adultos. Algunas maestras, y en especial la directora de la escuela, se olvidaban que yo iba a enseñar al igual que ellas y que no iba a jugar. Un día la directora me ordenó que le tradujera un manual que tenía en inglés porque no lo entendía. Vale aclarar que no me lo pidió como un favor. En el colegió se sintió la diferencia de edad y no me hicieron las cosas muy fáciles.
¿Era algo que siempre te gustó o sólo aceptaste porque se te presentó la oportunidad?
Creo que en algún momento de la niñez, todas jugamos a ser maestras. En mi caso conviví toda mi vida con la profesión. Mis padres son profesores particulares y pasaba el día entero en la clase de mi madre. Siempre me pareció interesante y me encantaba ayudar a mi madre en lo que pudiera. Muchas veces me dejaba explicar algunas cosas sencillas de inglés a los alumnos y la sensación de que me escucharan y me entendiera me parecía hermosa.
¿Cuál fue la mayor diferencia entre trabajar en el colegio y en el jardín?
En todo era muy distinto. En primer lugar porque las edades eran diferentes. No es lo mismo trabajar con niños de tres y cuatro años que con niños que tienen más de seis. Las metodologías son distintas. En el jardín tenía que cambiar de actividad cada 10 o 15 minutos porque si no se aburrían. En ambos usaba canciones y juegos pero la complejidad variaba. Además de que es más fácil explicarles a los niños de la escuela. Por ejemplo, en la escuela saben que el rojo es el color de la manzana. En el jardín recién están aprendiendo los colores. En segundo lugar, que es la diferencia más grande, es el ambiente de trabajo. En el jardín trabajaba a la par con las maestras y las dueñas. Éramos como una familia. Además de que me tenían un poco consentida porque de mañana me esperaban con el café y de tarde con el té. En la escuela era todo más jerárquico y rígido.
¿Qué es lo más importante al momento de dar clases?
La preparación de las clases es fundamental. Determina el fracaso o la victoria del día. Aunque más importante aún es tener en cuenta el nivel de la clase para llevar los materiales adecuados. También es esencial conocer a cada alumno y saber qué hacer con aquellos que aprenden con mucha rapidez y los que no. Yo llevaba dibujos para colorear y se los daba a los alumnos que terminaban demasiado rápido una tarea. Hay que recordar que son niños y se aburren si no están haciendo nada. Nunca hay que olvidarse de ese “plan de emergencia”.
¿Qué es lo que más te gustó de esa experiencia?
Soy la menor de la familia y nunca tuve contacto directo con niños. Mi trabajo me enseñó mucho sobre la realidad que viven. Me gustaba verlos jugar porque la inocencia que tienen es algo que perdemos a lo largo de la vida. Aprendí muchísimo como profesora pero también como persona. Aunque debo reconocer, con un poco de vergüenza, que lo que más me gustaba era cruzármelos en la calle y escuchar sus vocecitas diciéndome “Hola teacher”.
Para terminar, alguna anécdota divertida
La segunda semana de clases en el colegio un alumno, que siempre terminaba antes que los demás, empezó a molestar a sus compañeros. Como dije antes, al no tener nada que hacer se aburren. En ese momento todavía no había aprendido que tenía que llevar material extra para que esas cosas no pasaran entonces le dije que se sentara. A los minutos estaba parado de nuevo y molestando. Le pedí de nuevo que se sentara y su respuesta fue “siéntate vos, gorda”. Lo peor de todo fue que la maestra, que tiene que estar supervisando, se rió con el comentario. Fue la única vez que un alumno me faltó el respeto pero no me enoje con él. Le expliqué que no podía estar parado y hablando con sus compañeros porque ellos no habían terminado. Arranque una hoja de mi cuadernola y se la di para que dibujara. Al final de la clase el niño me regaló el dibujo y me pidió perdón. Por supuesto, hable con la maestra y le expresé mi disconformidad con su actitud. No quedamos del todo bien pero pudimos trabajar sin problemas el resto del año.
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